Lista

Me había puesto mi mejor vestido; uno que marcaba las curvas de mi cuerpo y hacía lucir aún más mis piernas largas. Los zapatos con plataformas me daban altura, a pesar de que mi metro setenta y tres estaba bastante bien. El pelo sedoso como en una publicidad de shampoo. Los ojos delineados. Una base muy natural, sólo para corregir las imperfecciones superficiales. Pestañas postizas, uñas pintadas, una cadenita cuya estampita de la virgen se metía entre mis pechos. Por las dudas me puse perfume; uno amaderado propio de la estación. No había comido más que una fruta. La panza chata era uno de los atributos que más gustaban, por artificial que fuera.

En el mismo momento en que el labio superior desparramaba el rush, sentí que una parte de mi tarea había concluido.  Aquella que dos años antes había planificado. En aquella ocasión lloraba y veía por el mismo espejo la imagen patética de una gordita con la camisa sucia y rota de los empujones que había recibido en los festejos del último día de la escuela medía. “¡No llorés, Gorda! No nos vas a extrañar”, era una de las cosas que escuchaba entre golpe y golpe. Ahora la del espejo era otra; despertaba admiración y no burla, confería seguridad y no miedo.

Había puesto mis libros en la biblioteca del desván y reemplazado esos estantes con revistas de moda. Vogue, Elle y maquillajes fueron poblando los lugares que habían quedado vacíos. Tiré toda mi ropa vieja. Fueron dos años de gimnasio, cursos de maquillaje, confección de moda, blanqueamiento dental, cremas, 3 litros de agua, dormir mucho y bien, y hacer depilación definitiva. Pero sí, esa parte ya había concluido.

Terminé de chequear el volumen del pelo y agarré mi cartera. Introduje en ella la lista que dos años antes había confeccionado. Fui a la estación de tren, pagué el boleto y me quedé sentada en un banquito. “¿No sube, señorita?” me preguntó el guardia mirándome los pechos. “Gracias, espero el que sigue”.

Cuando el tren arrancó, comencé a caminar al lado de esa ventanilla. Pude percibir cómo me miraba y sacaba la cabeza para gritarme. Era tan previsible. Hacía lo mismo con cuanta mujer se paseara por el andén cuando viajaba hacia la escuela cada mañana, y seguía haciéndolo para ir ahora a su trabajo. Si; había chequeado que seguía haciéndolo. En el momento en que iba a entrar su cabeza, yo giré la mía y le sonreí. Seguramente sería la primera vez que alguien respondía así a sus inmundicias. Abrí el escote y dejé entrever algo. Vi como su cara se desfiguraba atónito y sentí el golpe seco cuando su cabeza chocó contra la casilla expendedora de boletos.

Cuando la conmoción hubo pasado, me alejé y saqué de mi cartera la lista y con una lapicera taché el primer nombre: Juan Pablo Aondi.

Hernán Darío Statuto
hernanstatuto@gmail.com

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